Huellas
Huellas
Hace tiempo que, al observar los detalles de una situación, detecto cierta distorsión de las imágenes, no sé si es producto de una afección visual, alguna alucinación o un delirio producto de mis excesos con el alcohol.
La noche a la que referiré sucedió hace un par de años, debía realizar una actividad con un grupo de estudiantes veinteañeros, en un edifico gigantesco de tres plantas, con salas, salones, distintos cuerpos que coincidían en un centro.
Como es mi costumbre llegué antes de la hora prevista, recorrí una serie de pasillos, escaleras y pisos laberínticos, sin encontrar a nadie que me guiara. Después de perderme varias veces, logré dar con la sala asignada. Tenía dudas respecto a la realización de la actividad, las dificultades de coordinación con quienes organizaban el evento y la ausencia de personas en el edificio completaban un panorama poco alentador al respecto.
Preparé el espacio para recibir a las participantes, marqué un círculo en el piso, cerca de la entrada, y ordené tres filas de diez sillas a manera de puentes, al fondo del salón. Al tiempo que contemplaba el todo a los efectos de agregar a la entrada algún detalle, la luz parpadeó, las paredes se achicaron y luego se inflaron, el techo se elevó, los muros cambiaron de color.
Algo no andaba bien, minutos después un corte de energía se sumó a la extraña situación.
El pánico me invadió, inspiré profundo, solté el aire lentamente, repetí la acción hasta estabilizarme. Y ahora que hago, me dije y de inmediato me abracé a la idea de transformar el hecho, en una experiencia desafiante y placentera, trabajaré en la penumbra. Saqué de la mochila una caja de fósforos, busqué las velas que solía llevar, pero no las encontré, con las cerillas sería suficiente.
Mientras imaginaba el ingreso de las personas, todo volvió a cambiar, el lugar se llenó de objetos, una estantería, un wáter y más una veintena de faroles antiguos esparcidos en el espacio. En el aire circulaba una melodía ejecutada por un instrumento de cuerda.
A esto se le sumó la aparición de quince figuras espectrales, caminaban en fila, sin registrar mi presencia. No era lo que esperaba, pero resultaba impactante.
-Reparé en dos siluetas una muy alta, delgada y desgarbada que se detuvo frente a la estantería y otra más pequeña y regordeta que fue a posar en el wáter.
Las demás luego de recorrer los rincones del lugar rompieron la fila y se desplazaron en soledad cual muertos vivientes.
Un sonido se expandió y silenció al instrumento de cuerdas.
Las figuras buscaron la procedencia del rumor. Los faroles apenas encendidos, se echaron a andar a centímetros del piso daba la sensación que perseguían a las siluetas.
Yo vagaba entre el asombro, la confusión y la emoción.
Una voz se escuchó por encima del murmullo imperante.
Candileja y figura se hicieron una, las cabezas y piernas adquirieron cuerpo de farol y corazón de flamita. Qué belleza pensé.
La desgarbada se mantuvo aparte de las otras y si bien, en un principio, pareció atraída por el espectáculo, quedó como si revisara los lomos de los libros de una biblioteca gigante.
En cambio, no sabía si atender al conjunto de siluetas que se desplazaban, esperar que la figura en el wáter dejara de jugar con sus piecitos que no llegaba al piso y se balanceaban graciosamente o quedarme con la imagen alta y desgarbada. Para mi suerte, la situación se resolvió cuando los zombie faroles rodearon e iluminaron la delgada y alta silueta.
En el centro de la escena inició una especie de monólogo imitando el aullido de una sirena, la campana del recreo escolar, el campanario de una iglesia, el rugido de un motor inconfundible, soltó palabras tales como, porco, malandrino, que acompañó con movimientos espasmódicos.
No entendía bien, pero las referencias me resultaban familiares.
Tras un par de fogonazos rojo azulados, cambió su postura y pronunció con voz ronca esta frase: ustedes son un montón de pulpa con ojos.
Giró y obrando como su propio espejo dijo: puedes tocar la trompeta para mí. Saltó y en un nuevo giro de ciento ochenta grados ocupó el lugar a su frente transformado en músico, desenfundó el instrumento de viento, lo llevó a la altura de la boca, movió sus manos en el aire pulsando los pistones inexistentes y reprodujo con sus labios una música marcial. Al terminar la ejecución, se cuadró como milico y remató: “Y si dijo Balbuena, hay que tener valor”.
En ese instante preciso, me dí cuenta, eran personajes de mi niñez y adolescencia.
Ta que te pario me robaste los recuerdos, dije.
Otra vez la voz interrumpe para decir algo que sacó a la desgarbada de su acción y a mi de la molestia que la figura me había ocasionado.
Las espectrales se echaron a andar adquiriendo un sonsonete homogéneo al tiempo que las lumbres intensificaron su llama.
Iban y volvían, se hundían, reaparecían, se perseguían y cruzaban en un juego indisciplinado de lucecitas. Me emocioné con la exhibición, pero lo bueno dura poco, la música se hizo inaudible, las luces se diluyeron, los faroles se separaron de los espectros y estos se esfumaron. El silencio y la oscuridad ocuparon la sala.
Mis ojos no daban crédito, no había rastros de la estantería, ni del wáter, ni de los faroles, ni de las figuras espectrales.
Habían pasado dos horas, las personas que esperaba ya no llegarían. Saqué un fósforo de la caja, la pequeña lumbre me ayudaría a buscar la salida, pero justo en ese momento retornó la luz artificial. Suspiré y me dije: Lo que viví no puede haber sido ni la distorsión de imágenes ni una alucinación, pero si no fue nada de eso, ¿que fue?
Apagué la luz, cerré la puerta, escuché otra vez la voz, cercana a mi oído pregonaba: tatuajes a fuego, impresión invisible de huellas, grabados en la osamenta.
Salí espantado la voz me perseguía con su pregonar. Escape por un laberinto de puertas, pisos, pasillos, escaleras, pasadizos, entrepisos, ventanas, buhardillas. Cuando creí encontrar la salida, por centésima vez, un círculo de paredes y puertas se interponían, avancé sobre una de las cancelas e imaginé desembocar en el río Uruguay, en mi casa en las ánimas o quizás en aquel par de brazos que cual chaleco de fuerza calmaban mi desasosiego.